Todo queda en familia

—Pues yo creo que lo tienen muy, pero que muy chungo —declaró Óscar de pronto.
Sus amigos lo miraron sin entender. Estaban todos concentrados en crear las fichas de sus nuevos personajes para una partida de rol, haciendo rodar los dados y consultando las tablas para seleccionar dotes y habilidades, y llevaban un buen
rato sin hablar. Por eso la salida de Óscar los pilló desprevenidos.
Sam y Jorge estaban acostumbrados a las ocurrencias de su amigo, pero los otros dos chicos de la habitación no lo conocían tanto.
—¿Qué dice éste? —preguntó Marcos, el máster de la partida.
—No sé, pero seguro que no tiene que ver con su personaje —gruñó Sam; llevaba un par de días de un humor de perros.
—Me refiero a Sara y a las demás —dijo Óscar—. Es que estaba pensando...
—Pues piensas demasiado —cortó Sam—. Ya quedamos en que no es asunto nuestro, ¿no?
—Hombre, un poco sí que lo es —opinó Óscar—. Por lo de los balones y todo eso.
—Mirad, tíos, aquí hemos venido a jugar una partida de rol —cortó Marcos—. Así que, si no os importa...
—No, espera —intervino el quinto de los chicos, un chaval canijo y vivaracho llamado Manuel—. ¿Habláis de Sara, la futbolera?
Jo, Marcos, es que no conoces la historia, es genial. Una chica de segundo ha desafiado al profe de gimnasia y a sus niños mimados del equipo de fútbol. Dice que ella y sus amigas son capaces de ganarlos en un partido. Y eso que no saben ni jugar...
—No es así —cortó Sam, saliendo en defensa de Sara a su pesar—. Algunas de ellas juegan muy bien, otras están aprendiendo.
Lo único que quieren es formar su propio equipo de fútbol para jugar en la liga interescolar, pero Eloy no las deja.
—¿Porque no saben jugar?
—No, porque son niñas. Según él, el fútbol es un deporte para tíos, así que ni les permite usar las instalaciones del colegio ni piensa apuntarlas en la liga. Por eso Sara se apostó con él a que su equipo de chicas sería capaz de ganar al de los chicos
en un partido. Si lo consiguen, demostrarán que valen tanto como ellos y Eloy tendrá que federarlas. Y es verdad que lo tienen complicado: el partido es el sábado que viene y ellas están muy verdes aún.
Manuel lo miró de reojo.
—Estás muy enterado tú —observó.
Sam se encogió de hombros, indiferente.
—Les eché una mano, pero no me lo agradecieron, así que ahora me da igual lo que les pase.
—Bueno, sí que nos lo agradecieron —intervino Óscar—. Lo que pasa es que luego metimos la pata y les fastidiamos los balones sin querer. Y ahora ya no nos hablan.
—¿Podemos cambiar de tema? —protestó Sam.
—Pero es verdad que desafiaron a Eloy, como me habían dicho —insistió Manuel—. Y yo las he visto pelearse con los tíos del equipo de fútbol en el recreo. Puede que hagan el ridículo más espantoso el sábado que viene, pero al menos han tenido el valor de plantarle cara a ese gorila y a sus esbirros de pantalón corto. Que se lo tienen muy creído desde que visten todos iguales, macho. Yo tengo a dos del equipo en mi clase y se han vuelto insoportables, como si fueran los reyes del colegio, así que si esas chicas les dan una paliza...
—Eso no va a pasar —replicó Jorge—. En serio, son muy malas. Le ponen mucha voluntad y todo eso, pero no tienen la menor oportunidad.
—Es que nadie las apoya —se le escapó a Sam—. Cuando yo decidí ayudarlas, entrenaban en el parque en unas condiciones penosas y sólo tenían dos balones...
—Y ahora, gracias a ti, no tienen ninguno —se burló Jorge.
Sam se enfadó.
—Bueno, ya está bien, ¿no? Yo no tengo la culpa de que los Halcones descubrieran el pastel. Con la bronca de Sara ya tuve bastante, no hace falta que me machaques tú también.
—Robamos algunos balones del almacén del material del cole —les explicó Óscar a Marcos y Manuel—. Y Sam se los llevó a las chicas, diciendo... ¿cómo era aquello?
—Que estaban de rebajas —completó Jorge retorciéndose de risa—. Ellas no sospecharon nada, pero los del equipo de chicos se dieron cuenta de la jugada, volvieron a llevarse los balones y encima les pincharon los dos o tres que ellas tenían.
—¡Qué mala uva! —soltó Manuel, que seguía la historia con interés.
—Y por eso digo que lo tienen chungo —resumió Óscar—. Porque por nuestra culpa ni siquiera tienen balones para entrenar.
—Eh, eh, para el carro, no todo es «por nuestra culpa» —se defendió Sam—. Mejor di que «gracias a nosotros» tienen un sitio estupendo para entrenar fuera del colegio.
—Nosotros las llevamos hasta el solar, es verdad, pero ellas lo arreglaron totalmente sin ayuda —le recordó Óscar.
—Eso es cierto —reflexionó Jorge—. En su momento nos pareció que enseñándoles el solar ya habíamos hecho bastante, pero después de lo de los balones... no sé. Si por lo menos hubiésemos echado un cable con lo de la limpieza...
—O sea, que si pierden el partido del sábado será culpa vuestra —dedujo Manuel.
—Tampoco te pases, ¿eh?
—Apasionante —bostezó Marcos—. Mirad, reconozco que si alguien les da una paliza a esos cretinos y deja a Eloy en evidencia seré el primero en alegrarme, pero no me interesa tanto el tema como para seguir retrasando una partida de rol. Así que el que no me entregue la ficha en menos de cinco minutos, no juega. Capisci?
Los cuatro chicos se concentraron en sus respectivos personajes.
La partida resultó emocionante, divertida y muy larga, como suele ocurrir; sin embargo, Sam no pudo disfrutarla. No hacía ni tres días del desastre de los balones y de su discusión con Sara, pero él había hecho todo lo posible por olvidar el tema, por no mencionarlo siquiera, como si así pudiera echar a Sara y a sus amigas de su vida en un abrir y cerrar de ojos.
Estaba claro que no iba a resultar tan fácil.
Cuando los chicos se despidieron con la promesa de continuar la partida al día siguiente y Sam se quedó solo, decidió, de pronto, pasar por el solar antes de regresar a casa. «Esto es una tontería», se dijo mientras caminaba por el barrio a paso ligero. Atardecía ya, y seguro que las chicas no estaban allí. ¿Cómo iban a entrenar sin balones? Sin embargo, aunque le costaba reconocerlo, se sentía un poco culpable y
lamentaba haber discutido con Sara. Quizá si la pillara a solas podría pedirle disculpas, podrían hacer las paces...