Capítulo
I: De la celebración del solsticio, del relato del juglar
y de la advertencia del caballero.
Todos los años, la víspera del solsticio de invierno,
el rey reunía a sus nobles en el castillo de Normont para
conmemorar el aniversario de su coronación.
Había sido así desde que se tenía memoria.
Todos los reyes de Nortia habían ascendido al trono en el
solsticio de invierno, incluso si sus predecesores fallecían
en cualquier otro momento del año. Por ello, con el tiempo,
la celebración se había vuelto cada vez más
festiva y menos solemne. Había justas durante el día,
y un gran banquete con música y danza por la noche. Los barones
del rey acudían con sus familias y sirvientes, por lo que,
durante un
par de jornadas, el castillo era un auténtico hervidero de
gente.
También en la ciudad se respiraba un ambiente especial. Comerciantes
de todas partes acudían a Normont aprovechando el momento,
y en torno al castillo se formaba siempre un colorido y animado
mercado.
Viana y su padre, el duque Corven de Rocagrís, nunca habían
faltado a la fiesta del solsticio de invierno, ni siquiera el año
en que se presentaron de luto riguroso por la muerte de la duquesa.
Pero de aquello hacía ya mucho tiempo, y los malos recuerdos
parecían haber quedado atrás. Ahora, Viana llegaba
a Normont llena de ilusión porque sabía que, la próxima
vez que sus ojos contemplaran las torres desde el recodo, en primavera,
sería para casarse con su amado Robian.
Ambos habían nacido el mismo día, pero aquí
se acababa el parecido entre ellos: Viana de Rocagrís había
visto la luz de su primer amanecer en cuanto abrió los ojos,
grises como el alba, y su pelo era del color de la miel más
exquisita. Pero no pareció impresionarle demasiado el hecho
de nacer, ya que pasó el resto del día durmiendo,
y con el tiempo demostró ser un bebé dócil
y somnoliento que dedicaba encantadoras sonrisas a todo el mundo.
Robian de Castelmar, por el contrario, había llegado al mundo
horas más tarde, cuando la noche ya se abatía sobre
la tierra, y era un chiquillo inquieto y llorón, con una
indomable mata de pelo castaño que con los años se
encresparía, enmarcando un rostro afable y apuesto. Los padres
de ambos eran buenos amigos, y habían combatido juntos en
las guerras contra los bárbaros. Sin embargo, y aunque todo
el mundo lo daba por hecho, no se habló de boda hasta después
de que la madre de Viana muriera.
En aquel solsticio de invierno en el que Viana y su padre habían
ido a la corte vestidos de luto, este había confesado que
se veía incapaz de tomar otra esposa que sustituyera a su
adorada Sidelia. Como no tenía hijos varones ni intención
de engendrarlos con otra mujer, la opción más lógica
era comprometer a Viana con el joven Robian y unir así los
dominios de ambas familias.
Viana recordaba aún el momento en el que el rey Radis había
dado su beneplácito al compromiso. Sus ojos habían
buscado los de Robian, que se alzaba junto a sus padres, muy serio,
al otro lado de la sala. Pero él le sonrió cálidamente
al sorprender su mirada, y Viana se ruborizó al sentir de
pronto como si un centenar de mariposas echaran a volar a la vez
en el interior de su pecho, rozando su corazón con alas luminosas.
Y todo ello a pesar de que no era aquella la primera vez que se
veían. Habían jugado juntos desde niños y compartido
risas y confidencias, con una intimidad que en cualquier otra circunstancia
habría resultado inadecuada entre dos jóvenes de distinto
sexo. Pero sus progenitores habían alentado aquella amistad,
previendo que con el tiempo se convertiría en algo más.
A Viana no le importaba que su futuro matrimonio con Robian fuese
concertado. Al contrario, se sentía increíblemente
afortunada. Su amiga Belicia, hija de los condes de Valnevado, solía
bromear al respecto, vaticinando que, mientras Viana disfrutaría
de las atenciones de un esposo joven y guapo, a ella la casarían
con un caballero viejo y artrítico. Viana no podía
menos que darle la razón. Además, ambos estaban profundamente
enamorados. De hecho, Robian le había confesado en más
de una ocasión que, si sus padres no los hubiesen comprometido,
él mismo la habría secuestrado para casarse
con ella.
La joven sonrió, recordando todos los momentos maravillosos
que habían pasado juntos. Cuando su palafrén traspasó
las puertas del castillo de Normont, su corazón se aceleró
al preguntarse si Robian y su familia habrían llegado ya.
Pero se comportó como toda una dama, serena y regia, cuando
ella y su padre desmontaron en el patio y acudieron con sus servidores
más cercanos al salón del trono para rendir pleitesía
a la familia real. Después se reunieron con los demás
nobles en la explanada donde se iban a celebrar las justas. El campo
presentaba un aspecto magnífico: todo, desde las tiendas
de los participantes a los cadalsos en los que se situarían
los espectadores, proclamaba la riqueza y prosperidad de Nortia.
Más allá se extendía el mercado; Viana no tenía
permiso para mezclarse con la plebe, pero en una ocasión,
ella y Belicia lo habían visitado en secreto, y la joven
había quedado prendada de aquel mundo tan diferente al suyo.
En aquel momento, sin embargo, las columnas de humo, los penetrantes
olores y los toldos multicolores no le llamaron la atención.
Sus ojos buscaban a Robian entre la multitud, pero fue Belicia quien
corrió hacia ella con los ojos brillantes.
–¡Viana! ¡Viana! –la saludó, tomándola
de las manos–. ¡Qué alegría verte de nuevo!
¿Has visto al príncipe Beriac? ¡Está
más apuesto que nunca!
Viana sonrió. Cuando eran niñas, ambas solían
soñar con un futuro brillante: Viana se casaría con
su amado Robian, y Belicia sería la elegida del príncipe
Beriac, que la convertiría en princesa de Nortia, y después,
en su reina.
Ambas sabían que eso no iba a suceder jamás, y que
Beriac se casaría con la hija del rey de algún lejano
país. Pero en secreto seguían llamando al príncipe
«el futuro esposo de Belicia», y Viana sospechaba que
su amiga estaba de verdad enamorada de él, aun sabiendo que
Beriac jamás podría corresponderla.
Viana admiraba la entereza de Belicia y la forma en que fingía
que todo aquello no era más que un juego.
–¡Y va a participar en la justa, Viana! –siguió
parloteando–. Seguro que este año me pide una prenda.
«Otorgadme vuestro favor, mi dama, y con él venceré
en esta batalla» –recitó, imitando la voz del
príncipe–. «Oh, por supuesto, mi señor,
derrotad a vuestros enemigos por mí» –concluyó
con tono afectado, extendiendo ante ella un pañuelo de encaje
como si se lo ofreciera a un pretendiente invisible.
Viana se echó a reír y las dos se abrazaron, emocionadas
por estar juntas otra vez. Los territorios de sus respectivas familias
se encontraban demasiado lejos como para que pudiesen verse a menudo,
y los mensajeros no llevaban sus cartas con la celeridad que ellas
habrían deseado.
Y, aunque Belicia había pasado el verano en Rocagrís,
a ambas les parecía que había transcurrido mucho tiempo
desde entonces.
–He visto a Robian en el patio delantero –le confió
Belicia con una sonrisa traviesa–. Iba de camino a las caballerizas.
El corazón de Viana empezó a latir como un corcel
desbocado.
–Anda, ve –la animó su amiga–. Nos encontraremos
después, en el palco.
Viana corrió hacia las cuadras, ante los gestos de desaprobación
de algunas viejas damas y la mirada benevolente de su padre.
Se topó con Robian cuando este salía de los establos,
y se lanzó literalmente a sus brazos. El muchacho la sujetó
por la cintura y la alzó en volandas, ante las exclamaciones
de sorpresa de Viana. Después la tomó de la mano y
tiró de ella hasta llevarla a un rincón más
apartado, lejos de miradas indiscretas.
–¡Viana! –exclamó, con los ojos brillantes
de alegría–. ¡Cómo te he echado de menos!
–Y yo a ti –susurró ella.
Los dos se fundieron en un beso apasionado. A Viana no le importó
que Robian oliese a sudor, a cuero y a caballo; había cabalgado
desde muy lejos para llegar hasta allí.
–Es extraño –le dijo–. Tengo la sensación
de que pasábamos más tiempo juntos cuando éramos
niños que ahora que estamos prometidos.
–Entonces las cosas eran más sencillas –respondió
Robian con un suspiro pesaroso–. Pero ya soy casi un caballero,
y tengo responsabilidades en Castelmar. He de aprender a administrar
el dominio porque, algún día, será mío.
–De los dos –corrigió Viana, radiante de felicidad
al pensar, una vez más, en su futura vida en común.
Robian asintió, sonriente.
–Pero después de la boda... estaremos juntos para siempre
–le prometió.
La muchacha hundió los dedos en el cabello rizado de Robian
y, sin poder resistirse a la tentación, lo besó de
nuevo. Él rio, sorprendido por su audacia, pero correspondió
a su beso.
Y justo entonces sonaron las trompetas llamando a las justas. Robian
suspiró y se separó de su prometida, contrariado.
–Ve –lo animó ella–. Es tu oportunidad
para demostrar a todo el mundo que mereces ser armado caballero.
El muchacho sonrió. Ambos sabían que tendría
que hacerlo muy mal en las justas para que el rey cambiase de idea
al respecto. Aquella tarde, el príncipe Beriac recibiría
las armas, y otros jóvenes, entre los que se encontraba Robian,
serían armados junto a él.
Viana lo despidió con un último beso y luego se reunió
con Belicia en el palco. Allí saludó también
a la duquesa de Castelmar, su futura suegra, y a Rinia, la hija
de esta, de seis años. Ambas estaban muy pendientes del torneo,
en el que participarían Robian y su padre, el duque Landan.
No tardó en dar comienzo la competición. Viana ató
una prenda a la lanza de Robian cuando este se lo pidió,
y lo vio marchar, admirando el magnífico porte que presentaba
a caballo.
El príncipe Beriac pidió el favor de la reina, para
desencanto de Belicia.
–Bueno, no es tan grave –le cuchicheó a Viana–.
Mientras sea su madre y no una princesa cualquiera...
Las dos rieron discretamente. Todos disfrutaron mucho de aquella
jornada. Robian tuvo una actuación extraordinaria, e incluso
llegó a golpear al príncipe en el último encuentro.
Y, para finalizar, el mismo rey Radis se hizo armar para romper
una lanza con su hijo. Fue uno de los duques del sur quien se alzó
con la victoria en el torneo, pero los jóvenes lo habían
hecho muy bien; el rostro de Viana resplandecía de orgullo
al contemplar a Robian, y no dejaba de repetirse que era muy afortunada.
–Ah, sí, ha sido una buena justa –afirmó
el duque Corven–. Pero los combates eran mucho más
emocionantes en la época del conde Urtec.
–¿Quién es el conde Urtec? –preguntó
Viana con curiosidad.
–Era el mejor guerrero que ha tenido nunca Nortia –respondió
su padre, complacido por su interés–. Fue el maestro
de armas del rey y se convirtió en su mano derecha en las
guerras contra los bárbaros. De eso hace ya mucho tiempo,
y en aquel entonces, nuestro soberano era muy joven. Quién
sabe lo que habría pasado si no hubiese tenido a Urtec de
Monteferro a su lado para guiarlo en aquella época oscura
–añadió, bajando un poco la voz.
–Ah –respondió Viana impresionada–. ¿Y
qué ha sido del conde Urtec?
El duque entornó los ojos.
–Murió –dijo simplemente; había tal poso
de amargura en su voz que Viana no se atrevió a preguntar
más.
La celebración continuó en el interior del castillo.
El príncipe Beriac y los jóvenes nobles fueron armados
caballeros al caer la tarde en una solemne ceremonia. Viana contempló
a Robian mientras se ceñía una espada que había
pertenecido a su abuelo y se inclinaba ante el rey para recibir
su bendición. Aquello era un paso más en el camino
de su futura felicidad: oficialmente, Robian era ya un hombre y,
como tal, podía tomar esposa.
Viana sabía que no tendría oportunidad de acercarse
a su prometido hasta el momento de la danza. Pero eso sería
después de la cena, en la cual las damas se sentarían
en una parte de la estancia, y los caballeros, en otra.
Viana tomó asiento junto a Belicia y la madre de esta. Pronto,
los criados empezaron a traer platos, mientras los invitados del
rey comentaban con alegría los sucesos de la jornada y el
vino corría generosamente. Se sirvieron
pastelillos de piñones, crema de guisantes, perdices escabechadas,
cochinillos asados, potaje, cordero a la miel... Cuando sacaron
el guiso de carne de buey, Viana estaba tan llena que dejó
de prestar atención a la cena para charlar con Belicia; las
dos contemplaban disimuladamente a los jóvenes caballeros
aparentando disfrutar de la música que amenizaba la velada.
Robian y Viana intercambiaban miradas repletas de ternura, y tuvieron
que soportar por ello las burlas cariñosas de sus compañeros,
pero a ninguno de los dos le importó. Ambos ardían
en deseos de que comenzara el baile para
estar juntos otra vez.
En aquel momento, entró en la sala un personaje vestido con
ropas ajadas y estrafalarias, cuyo llamativo sombrero de colores
repiqueteaba con docenas de cascabeles a cada paso que daba. El
hombrecillo se plantó ante el rey y le
dedicó una ostentosa reverencia en la que la punta de su
nariz casi rozó el suelo.
–Saludos, majestad, señor y monarca de las tierras
del norte –dijo, con una voz serena y solemne que contrastaba
con su disparatado atuendo.
Nadie se burló de él, sin embargo. Por el contrario,
los nobles celebraron su llegada con vítores y aplausos.
Viana también batió palmas, encantada.
Todos conocían a Oki, el juglar, y lo respetaban profundamente
porque, pese a su aspecto chistoso y sus modales festivos, nadie
sabía tantas historias y canciones como él, ni las
interpretaba de igual modo. Oki no pertenecía a la corte
del rey Radis; en realidad, Oki no pertenecía a ningún
lugar. Distaba mucho de parecerse a los estúpidos bufones
que entretenían a otros monarcas con payasadas. Oki era un
espíritu libre que viajaba de un lado para otro aprendiendo
historias; tenía algo de pícaro, algo de comediante,
algo de explorador, algo de brujo y algo de mercader. Había
quien decía, incluso, que su baja estatura y sus ojillos
vivaces sugerían que algunas gotas de sangre de duende corrían
por sus venas, pero nadie habría podido decir con seguridad
si era cierto o se trataba de un cuento más, inspirado en
las leyendas que él mismo relataba.
Oki no rendía cuentas a nadie y, sin embargo, nunca se perdía
las celebraciones del solsticio de invierno.
–¡Cuéntanos historias de la batalla de Piedrafría,
Oki! –bramó uno de los guerreros.
–¡No! –lo contradijo otro–. ¡Mejor
cántanos los himnos del héroe Lorgud y sus siete bravos
compañeros!
–¡Este año toca una balada de amor, Oki! –intervino
Belicia con picardía–. ¡Cuéntanos del
valiente príncipe Eimon y de la dulce doncella Galdrid!
Un sonoro coro de carcajadas acogió su petición, mientras
Viana sentía que se ruborizaba: todos sabían que la
historia de Eimon y Galdrid era un relato muy picante.
Pero Oki alzó una mano con seriedad, y se hizo el silencio
de inmediato.
–Mis señores –dijo–. Mis hermosas damas
–añadió, con una galante inclinación
hacia la reina y el resto de mujeres–. Hoy hay luna nueva.
Es noche de brujas y espantos, de milagros y maravillas. No es,
pues, una historia de amor o de batallas lo que he venido a relatar
aquí.
Inspiró profundamente, volvió a colocarse el sombrero
y alzó su viejo bastón con gesto teatral. Hasta el
rey estaba pendiente de cada una de sus palabras.
–No –prosiguió Oki–. Hoy ha llegado el
momento de hablar de los misterios del Gran Bosque.
Hubo un murmullo de temor entre los comensales. Viana reprimió
un escalofrío.
El Gran Bosque se extendía por toda la zona occidental de
Nortia y delimitaba el reino, de la misma forma que el océano
establecía la frontera oriental. En los mapas era una inmensa
mancha oscura que se sabía dónde comenzaba, pero no
dónde terminaba. Nadie que se hubiese atrevido a explorarlo
había regresado para contarlo. Según las leyendas,
todo tipo de monstruos y extrañas criaturas recorrían
sus umbríos senderos. El Gran Bosque, se decía,
era refugio de trols y de trasgos, de brujos y hechiceras, de hadas
y elfos, de espectros y fantasmas. Se cernía, silencioso,
como una sombra amenazadora en el horizonte de Nortia, y era un
territorio ignoto e incómodo al que los sucesivos monarcas
del reino habían dado la espalda, fingiendo que no existía,
como si de una infranqueable cadena de montañas se tratase.
Nadie hablaba del Gran Bosque, como no fuera para asustar a los
niños pequeños con historias de terror que se relataban
a la luz de la lumbre. Todos los muchachos habían fanfarroneado
alguna vez con la posibilidad de internarse en él y desvelar
sus misterios, pero ninguno había osado pasar más
allá de la tercera fila de árboles. Era, sencillamente,
demasiado espeso e impenetrable.
–¿Qué vas a contarnos acerca del Gran Bosque?
–preguntó el rey Radis, y su voz sonó un poco
más áspera de lo normal.
Oki sonrió enigmáticamente, sin sentirse en absoluto
cohibido por el tono amenazante del rey.
–Una historia, oh gran señor, que se gestó en
el amanecer de los tiempos, cuando aún no había reyes
ni reinas, cuando las más grandes ciudades no eran más
que humildes aldeas asentadas en el barro.
Radis pareció relajarse un tanto y se recostó en su
sillón. Parecía pensar que nada tan antiguo podía
llegar a afectarle a él o a su reinado.
–En aquel entonces –prosiguió Oki, y Viana tuvo
la sensación de que habría continuado de todas formas,
aun sin el permiso tácito del rey–, Nortia no existía
como tal, pero el Gran Bosque ya era el Gran Bosque. Sin embargo,
las personas no lo sabían, porque aún no habían
llegado hasta él. Habitaban en tierras más meridionales,
de clima benigno, de largos veranos y suaves inviernos.
»Pero un día, a finales del otoño, un viajero
cruzó por primera vez el turbulento río Piedrafría
y se adentró en las anchas llanuras que hoy conforman vuestro
reino. Se trataba del último vástago de un clan que
había sido destruido por sus rivales. Mientras él
siguiera con vida para reclamar su herencia, sus enemigos no dejarían
de buscarlo, y por esta razón se había visto obligado
a escapar a un lugar donde nadie pudiera encontrarlo, lejos de toda
tierra conocida, más allá de los límites que
señalaban los mapas. Tenía ante sí un futuro
incierto, pero dejaba atrás una muerte segura, y por eso
no vaciló en vadear el río y proseguir su camino hacia
el mundo frío e inhóspito que lo aguardaba al otro
lado.
»Ciertamente, era un hombre intrépido, pero no un loco;
por eso se detuvo al borde del Gran Bosque y contempló con
temor las altas copas de los árboles, las sombras imposibles
que bailaban en la espesura, el laberinto de sinuosas sendas que
se perdían en la oscuridad. No osó internarse en él,
aunque sospechaba que sus enemigos jamás lo encontrarían
allí. Resolvió, por el contrario, proseguir su camino
hacia el norte rodeando el Gran Bosque –probablemente, fue
él el primero que lo llamó de este modo– y buscar
fortuna en tierras más septentrionales.
»Acampó, pues, al borde de la espesura, decidido a
no dejarse atemorizar por los extraños sonidos que surgían
de ella. Tomó una cena frugal y curó sus pies llagados
de tanto caminar, y cuando ya se disponía a echar una cabezada
antes de continuar su huida... hete aquí que se le acerca
una figura encorvada desde la oscuridad.
Un murmullo de inquietud recorrió la sala. Oki dejó
que su audiencia se hiciera preguntas sobre la identidad del misterioso
visitante, pero solo durante un momento. Después prosiguió,
imitando con gran acierto las voces de sus personajes:
–«¿Quién va?»... «Solo una
pobre anciana que se ha perdido por estos parajes, mi señor»...
«¿Y de dónde vienes, mujer?»... «Oh,
no de muy lejos, señor, no de muy lejos... Pero tengo hambre
y frío. ¿Me permitiríais compartir vuestro
fuego y vuestro pan por una noche?». El viajero dudó
de las palabras de la mujer, porque sospechaba que no había
ninguna aldea cerca. Sin embargo, movido a compasión, aceptó
finalmente a la anciana junto a su fuego
y le tendió un mendrugo de pan y el poco queso que le quedaba.
Después de tanto tiempo huyendo en solitario, agradecía
un poco de compañía humana, aunque fuera la de una
vieja repulsiva como aquella.
»Porque, en efecto, nobles amigos, la anciana era indescriptiblemente
fea –subrayó Oki ante los gestos espantados de su auditorio–.
Su rostro arrugado estaba lleno de verrugas, su nariz era peluda
y ganchuda y estaba tuerta de un ojo. Apenas unos cuantos cabellos
grises y desgreñados adornaban su cabeza, y su cuerpo, seco
y raquítico como una pasa, se mostraba horriblemente torcido.
La vieja sonrió, mostrando sus únicos cuatro dientes,
al contemplar la expresión asqueada de su benefactor. «La
vida no me ha tratado bien, mi señor», le dijo. «Y
espero no estar abusando de vuestra generosidad si os pido que me
permitáis tenderme a vuestro lado esta noche...».
–¡Entonces sí era una historia de amor! –exclamó
de pronto Belicia, arrancando una carcajada de la concurrencia.
Pero se calló enseguida, cuando Oki la fulminó con
la mirada. Había olvidado algo muy importante acerca del
gran juglar: detestaba que lo interrumpieran.
–«... si os pido que me permitáis tenderme a
vuestro lado esta noche –continuó Oki cuando las risas
se apagaron–, porque hace mucho frío y mis pobres huesos
me duelen mucho». El viajero iba a negarse, pero de nuevo
se sintió conmovido. «Haz lo que quieras, mujer»,
dijo; se envolvió en su capa y se echó junto al fuego.
Pronto sintió que la vieja se acurrucaba a su espalda; oía
su dificultosa respiración, sentía sus cabellos haciéndole
cosquillas en la nuca y hasta podía oler su aliento putrefacto.
Sin embargo, no dijo nada. Cerró los ojos con fuerza, se
arrebujó todavía más en su manto y trató
de dormir. Le resultó difícil, porque la mujer no
dejó en toda la noche de roncar, toser y lanzar ventosidades.
Pero nuestro fatigado caminante no tuvo valor para echarla de su
lado, pues la noche era en verdad muy fría. Por fin, se durmió
cuando faltaban ya pocas horas para el amanecer.
»Cuando se despertó, cansado y entumecido, no vio a
la vieja por ningún sitio. Desconcertado, recogió
sus cosas y fue a asearse al arroyo. Y cuál no sería
su sorpresa cuando, al asomarse al agua, vio en su reflejo el rostro
de una joven extraordinariamente bella que le sonreía alentadoramente.
«¿Quién sois vos, hermosa doncella, y qué
hacéis dentro del agua? ¿Sois acaso una visión
o un delirio de mi extenuada mente?». «Soy», respondió
ella, «la vieja a la que tan amablemente disteis cobijo anoche».
Los comensales no pudieron reprimir exclamaciones de sorpresa. Viana,
en cambio, había anticipado aquel desenlace. Su madre le
había relatado muchos cuentos populares cuando era niña,
y en algunos de ellos los seres mágicos se presentaban ante
el héroe bajo apariencia humilde para probar la bondad de
su corazón. «Ahora le ofrecerá un premio por
su compasión», se dijo.
–El caminante no podía creer las palabras de aquella
hermosa mujer –continuó Oki–. «Pero ¿cómo
es posible que hayáis cambiado tanto de la noche a la mañana?»,
le preguntó. Ella rio, como ríe el arroyo cuando baja
desde las altas montañas. «Porque las cosas no son
nunca lo que parecen, mi buen amigo. Especialmente aquellas que
surgen del corazón de este bosque. Y puesto que habéis
probado ser bueno y fiel a vuestra palabra, os otorgaré un
don que os ayudará a libraros de esos enemigos que os persiguen».
El viajero pensó que, sin duda, una dama capaz de cambiar
de aspecto de forma tan sorprendente
debía de tener maneras de saber aquello que él no
le había contado. Tal vez fuera un hada o una hechicera.
Tal posibilidad lo inquietó; pero se sentía tan cautivado
por sus hermosos ojos verdes que no expresó ningún
temor. «¿Cómo podrá ser eso, mi señora?»,
quiso saber. Los ojos de ella se oscurecieron un poco y su expresión
se tornó grave, pues estaba a punto de desvelar uno de los
secretos mejor guardados del Gran Bosque. «Debéis ser
valiente», le dijo, «y viajar al corazón de este
bosque, hasta el lugar donde los árboles cantan, donde ningún
ser humano ha llegado jamás. Allí encontraréis
el legendario manantial de la eterna juventud. Si bebéis
de sus aguas, seréis invulnerable para siempre». El
viajero se sentía maravillado, pero al mismo tiempo un tanto
escéptico. «¿Cómo sé que es cierto
lo que me contáis, mi dama? Vos misma habéis afirmado
que se trata de una leyenda». Pero ella solo respondió:
«Tened fe, mi buen amigo, y recordad que las cosas no son
siempre lo que aparentan». Y, con estas palabras, desapareció.
Oki calló de pronto. Su público aguardó un
instante, pero, como él no continuó hablando, el rey
preguntó:
–¿Y ya está? ¿Es ese el final de la historia?
–¿Qué sucedió con el viajero? –quiso
saber el príncipe Beriac–. ¿Encontró
el manantial de la eterna juventud?
Oki le dedicó una mueca que podría haber sido una
sonrisa.
–Eso lo ignoramos, alteza –respondió–,
porque nadie ha seguido sus pasos desde entonces. Dice el cuento
que sus enemigos no lograron darle caza jamás, pero no aclara
si fue porque se había vuelto invulnerable o si, por el contrario,
se debió a que no salió vivo del Gran Bosque.
–Entonces –se atrevió a preguntar Viana con timidez–,
¿la dama lo engañó para que siguiera un camino
equivocado?
Los ojillos de Oki contemplaron a la muchacha con aprobación.
–Tal vez –admitió–, pues es bien sabido
que uno no debe fiarse de los regalos envenenados de las hadas.
El rey gruñó algo y se removió en su asiento,
incómodo. Parecía claro que el final del relato lo
había decepcionado. Sin embargo, ni siquiera él osó
cuestionar al gran Oki; cabeceó, conforme, y elogió
su actuación con una salva de aplausos. El resto de los comensales
lo imitaron, y el juglar lo agradeció con una reverencia.
–Siéntate a compartir nuestra mesa, Oki –lo invitó
el rey, como hacía todos los años.
Y, también como todos los años, Oki declinó
la propuesta.
–Me siento muy honrado por vuestra majestad, pero, si no es
molestia, preferiría comer con la servidumbre.
El rey no se ofendió. Antes que él, su padre había
hecho el mismo ofrecimiento y recibido idéntica respuesta
año tras año. De hecho, si algún día
Oki aceptaba la invitación, él mismo sería
el primer sorprendido.
–Retírate, pues, con nuestro beneplácito –dijo–,
y que se te sirva en las cocinas todo aquello que precises para
saciar tu apetito, porque hoy, amigo Oki, te lo has ganado.
También esta era una fórmula ritual, pero Viana intuyó
que el rey no la pronunciaba de corazón; al menos, no aquella
noche.
Oki volvió a inclinarse ante los nobles y abandonó
la sala entre los vítores de los comensales. Viana pensó,
con pena, que no volverían a verlo hasta el año siguiente.
Cuando el sonido de las campanillas del juglar se apagó,
el rey dio una palmada sobre la mesa.
–Y ahora –anunció–, continuaremos con el
banquete. ¡Que suene la música!
–No –interrumpió una voz áspera desde
la entrada–. Que no suene. No aquí. No hoy.
Todos los comensales se volvieron, atónitos, hacia la puerta,
por la que entraba un hombre de rasgos duros y afilados, cabellos
negros, que ya plateaban en las sienes, y mirada de halcón.
Viana lo observó con sorpresa, preguntándose quién
sería, ya que no recordaba haberlo visto nunca en la corte,
y se estremeció al descubrir que le faltaba una oreja; un
recuerdo, quizá, de alguna de las muchas batallas que parecía
haber librado. Su porte era noble y orgulloso, pero vestía
desgastadas ropas de cuero, más propias de un cazador o de
un montaraz. Llevaba una espada al costado, pero también
un arco y un carcaj al hombro.
–¡Lobo! –aulló el rey Radis, furioso–.
¡Cómo te atreves a interrumpir de esta manera la celebración
del solsticio!
Viana miró a Robian, pero este estaba pendiente del recién
llegado, igual que el resto de los invitados.
–He oído hablar de él –le susurró
Belicia al oído–. Posee una tierra yerma al pie de
las Montañas Blancas y vive en un torreón que parece
un nido de cuervos. En realidad, dicen que fue un cuervo el que
le arrancó la oreja izquierda de un picotazo.
–¿Y por qué vive allí? –quiso saber
Viana.
Belicia no tuvo tiempo de responder, ya que Lobo, que no parecía
en absoluto afectado por la cólera del monarca, declaró
con gravedad:
–Mi rey, no es tiempo de celebraciones. Vengo de las fronteras
septentrionales del reino, de más allá de las Montañas
Blancas, y no traigo buenas noticias: los pueblos bárbaros
han vuelto a unirse.
La sala se llenó entonces de murmullos de consternación.
Viana palideció; no sabía gran cosa acerca de los
clanes bárbaros, puesto que ella aún no había
nacido cuando la última guerra los expulsó definitivamente
de Nortia, pero sí estaba al tanto de que habían sido
los más temibles enemigos del reino en muchas generaciones.
–Que se unan, si es lo que quieren –declaró Radis
con orgullo–. Volveremos a derrotarlos y a echarlos de aquí
como a perros, igual que hicimos antaño. Ese no es motivo
para estropear la fiesta, Lobo.
El hombre llamado Lobo esbozó una media sonrisa llena de
amargura.
–No os dejéis confundir por los ecos de la gloria de
antaño, mi señor. Esta vez es diferente. Tienen un
nuevo caudillo, uno que se llama a sí mismo «rey»
y que, según dicen, jamás ha perdido una batalla.
De las heladas estepas acuden más y más clanes a unirse
a él, y han conformado una fuerza poderosa y temible. Afirman
los rumores, además, que su nuevo señor no tiene intención
de detenerse aquí; ha prometido a su gente que, cuando haya
conquistado vuestro reino, seguirá hacia el sur, más
allá del Piedrafría, para someter bajo su yugo a las
tierras meridionales. Resuenan ya los tambores de guerra en las
estribaciones de las Montañas Blancas; si aguzáis
el oído, majestad, incluso podréis escucharlos desde
aquí.
Los hombres del rey expresaron su opinión al respecto en
un caos de juramentos, exclamaciones de ira e insultos hacia los
bárbaros. Pero fue la voz de la reina la que se alzó
por encima de las demás:
–¡Caballeros, que hay damas presentes!
Ellos refrenaron su lengua, pero sus ánimos no estaban ni
mucho menos calmados.
–¡No podemos permitir que los bárbaros vuelvan
a cruzar las montañas!
–¡Y no lo haremos, por el honor de Nortia!
–¡Por el honor de Nortia! –bramaron todos.
Viana se había encogido en su asiento. También Robian
había participado en aquel juramento, tan resuelto a luchar
como cualquiera de los guerreros del rey. Un oscuro temor empezó
a formarse en el fondo de su corazón, pero, antes de que
pudiera manifestarlo de alguna manera, el rey lo hizo por ella:
–Está decidido, pues –declaró–.
Señores, cuando terminen las celebraciones del solsticio,
todos y cada uno de los caballeros a mi servicio regresarán
a sus tierras y reclutarán a su gente, y formaremos un ejército
que plantará cara a los bárbaros cuando llegue la
primavera.
Los nobles rugieron mostrando su acuerdo; Viana, sin embargo, no
podía dejar de pensar en sus planes de boda, y en si se verían
alterados de alguna forma. Notó entonces la mano de Belicia
sobre su brazo.
–Lo siento mucho –susurró su amiga, y Viana comprendió
que no se casaría con Robian en primavera... porque él
acababa de ser armado caballero y tendría que partir a la
guerra junto a su padre, como todos los nobles que habían
jurado fidelidad al rey de Nortia.
–Pero... –empezó.
Sin embargo, no pudo terminar la frase, porque la voz de aquel hombre
al que habían llamado Lobo retumbó en la sala:
–¡En primavera será demasiado tarde! ¡No
hay tiempo para los preparativos, ni tampoco para las celebraciones!
¡Debemos ponernos en marcha ya, y tal vez los frenemos antes
de que crucen las montañas!
Algunos de los caballeros se burlaron de su pretensión. Viana
miró a su padre de reojo y descubrió que él,
al contrario que los demás, mostraba una expresión
grave.
–¿Acaso no sabes qué día es hoy, Lobo?
–exclamó el padre de Robian, y varios nobles se rieron
a mandíbula batiente ante algo que les resultaba obvio–.
Pronto caerán las primeras nieves, y es bien sabido que el
invierno no es tiempo de guerra.
–¡Poco les importan las nieves a los bárbaros,
Landan de Castelmar! –replicó Lobo con un gruñido–.
Viven en las tierras de los hielos perpetuos. El invierno no los
detendrá.
–Jamás podrán cruzar las Montañas Blancas
en esta época del año –concluyó el rey
Radis con rotundidad–. No seas pájaro de mal agüero,
Lobo, y regresa a tu torreón. Sabes que no estás invitado
a las celebraciones del solsticio, pero, ya que te has tomado la
molestia de venir hasta aquí, quédate si quieres a
cenar antes de emprender el viaje de vuelta. Verás pasar
a nuestro ejército camino del norte en primavera, y entonces
reconocerás que tus temores eran infundados y te arrepentirás
de haber estropeado la fiesta esta noche.
Lobo sacudió la cabeza.
–Lo lamentarás, Radis –masculló–.
Lo lamentarás.
Viana se quedó asombrada ante su insolencia. ¿Cómo
osaba tutear a su soberano? El rey, sin embargo, apretó la
mandíbula, pero no dijo nada. El resto de los nobles contemplaron
a Lobo con expresión sombría mientras este daba media
vuelta y abandonaba la sala, rezongando entre dientes.
–¿Entiendes ahora por qué vive tan lejos de
la corte? –dijo Belicia cuando Lobo se hubo marchado–.
Es evidente que está loco.
Viana tuvo lástima de él, y al mismo tiempo se sintió
inquieta. ¿Y si tenía razón? ¿Y si en
primavera ya era demasiado tarde para frenar a los bárbaros?
Trató de apartar aquellos pensamientos oscuros de su mente.
Quizá los rumores de los que hablaba Lobo no fueran otra
cosa que rumores, y tal vez no hiciera falta que los caballeros
del rey partieran a la guerra en primavera. Y, en cualquier caso,
nada aseguraba que Robian tuviera que marcharse también.
Enseguida volvió a sonar la música, y los sirvientes
comenzaron a sacar más platos a la mesa. Sin embargo, a la
hora del baile, la muchacha vio que su prometido estaba más
serio de lo habitual. Se sentaron juntos durante uno de los descansos,
y Viana le preguntó sobre la guerra contra los bárbaros.
–¿Tendrás que ir a luchar?
El joven afirmó con la cabeza.
–Ahora soy un caballero del rey, Viana. Le he jurado fidelidad,
y mi espada debe servirle allí donde él la requiera.
Viana tragó saliva. Robian sonrió al ver su expresión
abatida.
–Pero no sufras por mí –prosiguió–.
Hemos derrotado a los bárbaros en otras ocasiones, y lo haremos
de nuevo ahora. Mira cuántos guerreros tiene Nortia, entre
soldados y caballeros. Somos mejores; poseemos buenas armas y hemos
sido entrenados en la lucha desde niños. Cuando nos reunimos,
formamos un ejército poderoso y bien organizado. Nada pueden
hacer contra nosotros esos salvajes.
Viana sonrió también, alentada por su confianza. Robian
le tendió de nuevo la mano para sacarla a bailar la siguiente
pieza.
Y Viana bailó y bailó, olvidando los cuentos de Oki
sobre el Gran Bosque y las historias de Lobo acerca de la amenaza
que procedía del norte.
Pero aquella noche, alojada en una habitación del ala de
invitados del castillo, soñó con bárbaros aullantes
y viejas hechiceras. Al despertarse sintió frío, y
al mirar a través de la ventana descubrió que había
nevado sobre Normont.
Vio volar un cuervo negro sobre las montañas y se estremeció,
porque le parecía que se trataba de un mal presagio.