I.
La reina Marla se hallaba
asomada al amplio balcón del salón del trono, viendo
combatir a su ángel, cuando recibió la noticia del
asesinato del conde Aren. El mensajero le habló al oído,
de manera que nadie más pudo escucharlo, pero los labios
de ella se fruncieron levemente. Aquella fue su única reacción.
No comentó el asunto con nadie más.
Cuando el mensajero se retiró, la reina Marla continuó
en la misma posición, asomada a la balconada, como si la
noticia hubiese sido del todo intranscendente.
La reina Marla tenía diecisiete años, y era la soberana
de una nación resplandeciente, pero rodeada de reyes ambiciosos
que deseaban ampliar su territorio.
Marla había aprendido desde niña a no mostrar sus
sentimientos, porque no ignoraba que tenía espías
en la corte. Todo el mundo sabía que no confiaba en nadie.
Salvo, quizá, en su ángel.
Abajo, en el patio, dos figuras se batían en un duelo de
espadas. Una de ellas era un feroz bárbaro que había
venido desde las llanuras del este para tratar de alcanzar la fama
como combatiente en los Juegos de Karishia, la capital del reino.
En los tres meses que llevaba luchando todavía no había
perdido un solo combate. Cuando saltaba a la arena, todos vociferaban
su nombre, enardecidos. Pero cuando caminaba por las calles de la
ciudad, exhibiendo su poderosa musculatura, la gente se apartaba
a su paso, intimidada.
Había hecho fortuna en los Juegos y era admirado y respetado.
Una noche, en una fiesta, había afirmado que sería
capaz de derrotar al ángel de la reina Marla. Estaba borracho
cuando lo dijo, pero, de todos modos, la noticia del desafío
había corrido por toda Karishia, y él no había
tenido más remedio que hacer llegar al palacio un reto formal.
Todos sabían que al ángel no le gustaba luchar en
peleas banales. Pero el bárbaro era famoso, y el desafío
había despertado mucha expectación. La propia Marla
le había pedido que combatiese.
Y allí estaba ella. Cubría su cuerpo con una armadura
de oro, reluciente como el mismo sol. Sus cabellos negros, recogidos
en un complicado peinado de trenzas, se le desparramaban por los
hombros, rectos y orgullosos. Había extendido sus grandes
alas blancas, y su sombra parecía cubrirlo todo. Era casi
tan alta como el enorme bárbaro, pero infinitamente más
hermosa.
Su nombre era Ahriel.
El mercenario gruñó, alzó la espada y se lanzó
contra ella. Ahriel esperó, seria y serena, con los músculos
en tensión. Se movió ágilmente en el último
momento y se apartó de la trayectoria del bárbaro,
que casi perdió el equilibrio.
No había sido un movimiento muy airoso por su parte. Los
espectadores rieron, y el bárbaro gruñó. Pero
Ahriel no sonrió.
–¿Por qué no utilizas tus alas, pajarita? –escupió
el mercenario–. ¿Por qué no vuelas?
Nadie se había atrevido nunca a hablarle de esa forma al
ángel de la reina Marla, pero el bárbaro estaba furioso,
y había sido herido en su orgullo de hombre del este.
–No estaríamos en igualdad de condiciones –dijo
Ahriel suavemente; su voz sonaba clara y profunda como el tañido
de una campana.
El bárbaro gruñó de nuevo y se lanzó
sobre ella con un grito salvaje. En esta ocasión, Ahriel
no se apartó. Las espadas chocaron. Saltaron chispas.
Los mandobles del luchador eran poderosos, sin duda, pero el ángel
movía su arma con elegancia y una seguridad casi sobrehumana,
como si estuviese completamente convencida de estar haciendo lo
correcto en cada momento.
Y así debía de ser, puesto que, instantes después,
la espada del bárbaro salió volando por los aires
y aterrizó sobre las baldosas del patio con un sonoro chasquido
metálico. Hubo un silencio incrédulo.
El bárbaro, atónito, cayó de rodillas ante
el ángel.
Se oyeron algunos tímidos aplausos. Ahriel era siempre muy
reservada. Todos la admiraban y la temían, pero ella no tenía
amigos.
Salvo, quizá, la reina Marla.
–Brujería –susurró el bárbaro.
Ahriel replegó las alas, pero no respondió. No tenía
nada que decir.
El luchador no se atrevía a mirar a su alrededor. Había
sido vencido de manera humillante. Aunque el ángel no se
había ensañado con él, su absoluta imperturbabilidad,
que dejaba en evidencia la violenta furia del bárbaro, había
convertido su derrota en algo mucho más vergonzoso para él.
Sin gritos, sin aspavientos, sin ruido, aquella mujer con alas de
pluma blanca lo había dejado en ridículo delante de
todo el mundo. Pronto todo Karish conocería hasta el mínimo
detalle de aquella pelea.
Su carrera estaba acabada.
El bárbaro alzó la cabeza para mirar al ángel.
Ella no sonreía; no había expresión en su rostro.
El luchador advirtió la absoluta perfección de sus
rasgos y pensó que a la gente podía parecerle hermosa.
No más que una estatua de mármol, se dijo. Pura y
perfecta, pero fría y sin vida.
–Mátame –le pidió a Ahriel.
Ella negó con la cabeza. Envainó de nuevo la espada,
extendió las alas y, con un poderoso impulso, se elevó
en el aire. Todos la vieron volar, resplandeciente, con los rayos
solares reflejándose en su armadura de oro. Era un espectáculo
magnífico.
Ahriel, sin embargo, no se entretuvo con florituras. Abrió
las alas un poco más y se quedó suspendida en el aire,
delante de la reina Marla, que seguía asomada al balcón.
–Saludos, Ahriel –sonrió ella–. Bien luchado.
–Señora –el ángel inclinó la cabeza
ante la soberana de Karish.
–Ahora debes descansar, pero supongo que no tendrás
inconveniente en pasar a verme más tarde. Siempre disfruto
con tu compañía.
–Si así lo deseas.
Ahriel se despidió de la reina Marla y se elevó hacia
las cúpulas más altas del palacio. Pronto la perdieron
de vista.
La reina se retiró del balcón, seguida de su séquito.
Los espectadores del patio se fueron dispersando.
Momentos después, sólo el bárbaro seguía
allí, hundido y abatido sobre las amplias baldosas de piedra.
Ahriel había cambiado su armadura de oro por una sencilla
túnica blanca. Su espada seguía, no obstante, prendida
en su costado.
Ahora se hallaba sentada ante la reina Marla, en sus aposentos privados.
Muy poca gente tenía permiso para entrar allí.
Ahriel tenía la obligación de hacerlo, siempre que
fuera necesario.
La reina la miró, pensativa, mientras jugueteaba con el medallón
que pendía de su cuello y que siempre llevaba puesto, porque
era un regalo del ángel.
Las dos mujeres eran muy diferentes. Ahriel era imponente, alta,
serena y resplandeciente como una diosa. Marla era pequeña,
pelirroja, impaciente. Con los años, había aprendido
a dominar su nerviosismo, porque le iba la vida en ello.
Ahriel le había enseñado.
Ahriel había estado junto a su cuna cuando nació.
Muy pocos, en tierras de humanos, sabían de dónde
procedían los ángeles. Algunos aseguraban que descendían
de las nubes. La mayoría creía que eran sólo
criaturas de leyenda.
Por esta razón, entre otras muchas, hubo tal revuelo en la
corte el día en que Marla nació y nada menos que un
ángel se presentó en el palacio, solicitando audiencia
al anciano rey Briand. Hablaron en privado, y ninguno de los dos
hizo a nadie partícipe de lo que se trató en aquella
inusitada reunión. Pero, a partir de entonces, Ahriel acompañó
a Marla, para protegerla y servirla fielmente, a lo largo de toda
su vida como princesa, primero, y como soberana de Karish, después
de la muerte de su padre.
Marla había crecido bajo la sombra de las grandes alas de
Ahriel. El ángel apenas había cambiado en aquellos
diecisiete años, pero hacía ya mucho que la reina
había dejado atrás la infancia.
Ahriel se había dado cuenta de ello. Lo apreció, una
vez más, en los ojos de su protegida cuando ella le dijo,
en voz baja pero desapasionada:
–Ahriel, hay un motivo por el cual quería hablar contigo:
han asesinado al conde Aren, el embajador del reino de Saria.
El ángel frunció levemente el ceño, pero no
dijo nada. Simplemente, esperó, porque sabía que Marla
no había terminado de hablar.
–Fue cuando regresaba a Saria para ofrecer al rey mi propuesta
de alianza. Los sarianos han encontrado su cuerpo. Alguien le había
clavado un puñal en el corazón –Marla hizo una
pausa; después añadió lentamente–. Un
puñal forjado en Karishia, muy caro; pertenecía, sin
duda, a alguien de la nobleza.
–Comprendo –asintió Ahriel.
Marla fijó en su ángel una mirada llena de preocupación.
–Alguien está intentando culparnos a nosotros del asesinato
del conde. Aun suponiendo que el rey de Saria aceptase mi versión,
no sé si con eso evitaríamos que nos declarasen la
guerra, Ahriel. El conde Aren era muy querido, y en Saria circulan
extraños rumores. Dicen que Karish ambiciona expansionarse
hacia los reinos vecinos. ¡Los dioses saben que hemos pasado
siglos defendiéndonos de las ambiciones de los reinos vecinos!
–Lo sé, señora –la tranquilizó
Ahriel.
La reina no pudo quedarse sentada por más tiempo. Se levantó
y comenzó a pasear arriba y abajo, nerviosa, reflexionando
intensamente.
–Esos estúpidos rumores… –dijo por fin–.
Los ataques a mercaderes sarianos en nuestras tierras… y el
asesinato del conde Aren, que trabajaba por la paz entre todos los
reinos. Alguien está tratando de provocar la guerra, pero…
¿quién?
–Podrían ser radicales sarianos, señora. O el
núcleo de imperialistas de Ura. O agentes de otros reinos.
Marla frunció el ceño.
–De todas formas, Ahriel, la partida del conde se hizo en
el más absoluto secreto, así como la ruta que seguiría.
–Eso significa que tienes a un traidor más cerca de
ti de lo que sería deseable –Ahriel habló con
gravedad, pero también con desapasionamiento–. Y, si
trabaja para alguien que busca una guerra entre reinos, es posible
que tú seas su próximo objetivo.
Marla no dijo nada. Se había detenido junto a la ventana
y observaba cómo caía la tarde sobre la ciudad de
Karishia.
–No temas, señora –añadió el ángel
con suavidad–. Lo encontraré. Y acabará el resto
de sus días en Gorlian, porque no merece un destino mejor.
Marla no dijo nada; sólo suspiró, casi imperceptiblemente.
Ahriel inclinó brevemente la cabeza y salió de la
habitación.